Desde que surgió la vida hace casi cuatro mil millones de años está empeñada, y lo va consiguiendo, en combatir lo aleatorio. Lo prueba el que los recursos de la especia humana para controlar (y destruir) el medio, sean muy superiores a los de las bacterias. También es evidente que en esa apuesta juega un papel importante la racionalización. Ahora es más difícil que hace tres mil años que una idea religiosa se imponga a la teoría del Big Bang o a la evolución. No obstante, que el componente emocional que maneja la conciencia siga siendo superior a la racionalidad puede dar pistas sobre la distribución del voto.
Según
datos al alcance de todos, el 26,6% de la población española está
en riesgo de pobreza o exclusión social, porcentaje que se eleva al
34,8% (al que seguramente no llegará el ganador de las próximas
elecciones) entre jóvenes de 16 a 29 años. Por otra parte, el 53,8%
de la riqueza del país está en manos de un reducido 10% de la
población. Estas diferencias no parecen afectar a la convivencia a
pesar de que el 73% está de acuerdo en que la distancia entre ricos
y pobres es demasiado grande. Si se votara con coherencia, habría
que esperar que las propuestas de los que prometen luchar contra la
desigualdad deberían ganar las elecciones. Lo que pasa es que, como
todos los partidos vienen practicando la mentira y la trampa, tanto
en sus luchas internas como en la confrontación con las otras
fuerzas políticas, el discurso racional se ha desprestigiado hasta
hacer que la elección del voto sea una secreción visceral (sobre
todo de los intestinos) movilizada a través de las emociones.
Desde
la adaptación sui
géneris
de la idea liberal del XIX al XX por parte de Thatcher y Reagan, los
países ricos y medio ricos han ido incubando bolsas de pobreza e
incultura que se muerden así mismas votando a la derecha, porque la
debilidad induce al miedo y el miedo se arrima al poder establecido
como tabla de salvación. El caso es que las expectativas del Estado
del Bienestar han ido rebajándose hasta el chat y la hamburguesa.
Ese proverbio que afirma que el pueblo (en realidad el voto
manipulado y aliñado con fórmulas) siempre tiene razón ha llevado
al Brexit, Salvini, Orbán, Trump, Bolsonaro y Vox al poder. La gente
no está loca, solo se deja engañar como viene haciendo desde que
Moisés bajó del Sinaí contando que acababa de hablar con Dios.
Las
emociones también oscurecen la memoria. No hace tanto que España
sufrió una crisis económica (hablando en plata, atraco) provocada
por tejemanejes financieros que se ha saldado con el enriquecimiento,
todavía mayor, de las grandes fortunas y la ruina de la clase media.
Ahí están las hemerotecas para ver como el gobierno del Partido
Popular hizo recaer el peso de los abusos bancarios sobre los
trabajadores con una reforma laboral infame, el deterioro de la
enseñanza, educación e infraestructuras y todo lo que pudiera
ayudar a la cohesión social. A pesar de que hemos pagado entre todos
la millonaria trampa de la banca y de que hemos sacrificado un par de
generaciones de jóvenes, el liberalismo ha conseguido apoyos
suficientes para gobernar en Andalucía y espera hacer lo mismo en
las generales. Conviene no olvidar que las restricciones de servicios
públicos son responsabilidad de los dos partidos que se disputan el
espacio liberal. El PP y Ciudadanos no han tenido empacho en pactar
con la extrema derecha porque temen más el diálogo social que el
matonismo. A Casado y a Rivera les pasa lo que al empresario que
decía que si por algo le fastidiaba el domingo era por lo que
disfruta el obrero.
CIRANO

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