LA TRANSICIÓN








El primer organismo conocido con capacidad de prospección sobre el futuro lejano ha sido el individuo de la especie humana. Que se sepa, no existen otros animales preocupados y apercibidos del peligro del calentamiento terrenal. La evolución tampoco se ha inquietado nunca por el destino. Siempre ha procurado salir del paso lo mejor posible sin valorar las consecuencias de sus decisiones (conscientes o inconscientes, vaya usted a saber). Quizá lo más absurdo que ha hecho el devenir ha sido permitir la aparición de la conciencia que capacita al que la posee para obrar mal a sabiendas, con o sin sentimiento de culpa.
Detalle que podría orientar sobre las razones que asisten a los herederos de los sublevados del 36 para ofenderse porque los nietos de los republicanos fusilados quieran rescatar los restos de sus antepasados que todavía andan perdidos por barrancos y cunetas. La paradoja de la Transición, de cuyo inicio se cumplen cuarenta años, es que, en la dictadura, España parecía de izquierdas y en democracia da la sensación de ser de derechas. Antes, había huelgas en las que se jugaban tipo y empleo los trabajadores de astilleros o de la construcción, ahora la hace el Supremo vistiendo toga. En tiempos de la oprobiosa, las viviendas de protección oficial estaban ocupadas por gente humilde, ahora están en manos de fondos buitre que especulan con bienes estatales. Los hospitales de la Seguridad Social eran públicos, mientras que ahora son privados, concertados o saturados. RENFE, Telefónica, CAMPSA, Sevillana eran empresas nacionalizadas, ahora son privadas y externalizadas. La única cosa que no ha cambiado es que en la dictadura los políticos robaban a mansalva y ahora lo siguen haciendo.
La pertenencia a la Unión Europea ni nos ha salido gratis ni nos asegura el porvenir. De momento su actuación más vistosa ha consistido en obligar a los ciudadanos a pagar la deuda de la estafa bancaria y, encima, con amenazas. Los beneficios de nuestra producción agrícola y del turismo está claro que no repercuten en origen porque las cifras globales no se corresponden con la penuria de los empleados locales.
La cuestión es que en la dictadura la izquierda estaba en su sitio y ahora está en el limbo a pesar de la brecha social que marca diferencias históricas entre ricos y pobres. Otro enigma es por qué gente desempleada o que le cuesta llegar a fin de mes alienta el liberalismo. Cuando un partido, el que sea, se afilia al centro indica que se rige por las encuestas y no por las necesidades del pueblo. La mayoría orgánica es esa franja de población centrada en una normalidad carente de iniciativa. Es el peso muerto que debería ser movido por líderes de talento que tanto se echan en falta. Lo que necesita la sociedad es estímulo para orientar la acción social hacia el bien público. Quizá el error de mi planteamiento simplista sea creer que el futuro se construye con la razón, cuando la realidad se fragua sobre ese pragmatismo egoísta que viene aplicando la evolución desde hace más de tres mil quinientos millones de años.
CIRANO

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