Entrando en el hospital he oído sin querer una conversación en la que una madre parecía estar contando a su marido la asistencia prestada al hijo de ambos en dermatología. Supongo que era algo de piel porque hablaba de una pomada más fuerte para combatir los moluscos que habían infectado los pies del niño. Es posible que se tratara de hongos, siempre rebeldes, los que habían anidado entre los dedos, originando el cuadro que antes se conocía como pie de atleta; oiría micosis y entendió lo que entendió. Supuesto el caso clínico, paso a analizar el sociológico:
La mamá que hablaba con desenfado por teléfono iba acompañada por una señora de más edad que bien podría ser su madre. La abuela, en este caso, andaba un poco separada consolando al nieto al que abrazaba. Se entiende que ambas mujeres se dedican a sus labores o, están en paro, han pedido permiso en la empresa, descuentan el día libre o disfrutan del puente de la Constitución. Como no es probable que el padre estuviera en casa esperando recibir por teléfono las noticias que le daban sobre la salud de su hijo, se presume que trabajaba. Queda por averiguar si la suegra vive con ellos o se trata de una compañía circunstancial de la que siempre se puede echar mano. De la terminología utilizada por la madre se deduce su escaso nivel cultural, acorde con su ocupación. No es corriente ahora que las mujeres aspiren solo a ser amas de casa como ocurría en mi tiempo. Lo que puede suceder es que la mujer, que era joven, no tenga más remedio que aguantarse con el cuidado del hogar.
En el caso de que la infección no remita y el cuidado médico se alargue en el tiempo, podría llegarse a la situación de que al padre se le termine el contrato, se vea en la calle y se le acabe el derecho a las prestaciones gratuitas y universales de la sanidad pública. Eso es lo que proponen los expertos para una población que confunde los hongos con los moluscos (y no siempre por su culpa) y que no tendrá más remedio que tirarse a la calle a reclamar lo que venía siendo suyo. Otra posibilidad que apuntan los entendidos es que el Servicio Nacional de Salud se quede para atender a los indigentes y que todo el que perciba una renta, por pequeña que sea, se vea obligado a subscribir un seguro con una compañía privada. Las aseguradoras son como los hoteles, las hay de una a cinco estrellas. Esta variedad tiene la ventaja de que cada cual puede ajustar la cobertura a su nivel económico, hasta que pase lo que ocurre en los aviones que tienen clase preferente a precio elevado y corralón de clase turística donde se viaja incómodo, pero en donde también se llega a su destino. Si la incomodidad de la asistencia sanitaria terminara en el destino feliz de la salud, se podría dar todo por bien empleado, pero al paso que nos llevan los neoliberales presiento que terminaremos cornudos y apaleados.
CIRANO

Y será así, porque la sumusión esta dando sus frutos y nadie llama la atención sobre estos hurtos que se nos hace. ¿cuantas veces hemos escuchado que esta sanidad no se puede pagar?
ResponderEliminarNadie regala nada, y tendremos que volver a conquistar los derechos de loa parias, así que se nos acercan tiempos curiosos y movidos, con moluscos en los pies y con paracetamol para la cabeza.
Otra posibilidad, más acertada aunque menos manipulable, es que la señora le estuviera diciendo al marido lo que de verdad había oído, es decir, que el niño estuviera infectado por molusco contagioso, un vector vírico que produce ampollas no dolorosas que suelen curar solas. La tentación de interpretar la historia por el lado irónico me llevó a olvidarme de esta afección, por lo que pido perdón a los lectores.
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