Las palabras con las ideas que transportan, (intencionalidad del que las elabora) deben ser descifradas por el que las recibe (intencionalidad del que las interpreta). Ni las unas ni las otras son objetos materiales con unicidad, sino entidades etéreas de contenido impreciso. Contienen lo que el autor compuso y lo que el auditor alcanza. Cuando contestamos o replicamos, es posible que sepamos lo que queremos decir, pero debemos deducir lo que quieren decirnos. A veces nos enrocamos en lo nuestro sin pararnos a analizar lo que recibimos. Es clásico el monólogo a bandas que recitan los políticos cuando oyen sin escuchar y responder sin razonar. Cada uno a lo suyo. El intercambio a través de la red en donde no se ven los ojos del otro, se presta a lo que el TBO llamaba diálogo de besugos. No se quien anda más desasistido, si el que indaga en los demás o quien busca en uno mismo. En cualquier caso las referencias no son hitos inamovibles, mojones asentados sobre cimientos inmutables, sino entelequias flotantes arrastradas por diversos tipos de corrientes.
Aunque no se debe reusar ningún debate, quien se mete en todos los charcos a veces descarrila hacia la impostura: situación incómoda en la que se transgreden las propias convicciones con tal de oponerse a las del contrario. Es necesario que las palabras, las ideas tengan chispa, tengan pegada, pero no solo pegada, necesitan también ir lastradas con contenido, que no sean meros atributos, pequeñas contorsiones o pegatinas con eslogan pegadizo. No puede uno quedarse en la literatura de calendario, esa sarta de trivialidades con las que se empalaga el vulgo de vulgaridad. Hay que empezar siendo honrados para reconocer el destello entre lo diverso. Los lugares comunes de tanto ser comunes se amaneran, pierden el brillo que quizás tuvieron de nuevos. Ese debe ser el reto del progresista o como quiera llamarse al que prefiere arriesgar frente al que se conforma con las pasta digerida de la opinión dominante. Lo nuevo, lo renovador está siempre detrás de la indagación de lo personal.
Sospecho del que predica amonestando, desde la cátedra, encajonado en la tarima donde se refugian los que se creen que saben algo, pero me afilio al que habla en el rellano, en la cola, en el tumulto, como lo que soy, uno de esos que sumados a los demás hacen la gente. Escribir con soltura no debe ser interpretado como seguridad pues nada tiene que ver con la vanidad del sabio. Pero cuando se trata de manifestar opiniones que nadie te pide lo menos que se debe exigir es coherencia para justificar que la curiosidad es legítima. De ahí que los únicos que podrían hablar con cierta suficiencia serían los científicos que bordean el límite del conocimiento sabiendo que nunca llegarán a traspasar el horizonte. Nadie que haya aplicado el método científico de manera rigurosa se atrevería a hablar de la verdad como hacen sus apologetas. Al científico no le interesa esa verdad que dicen que lo explica todo. La ciencia se maneja con leyes, teoremas, principios, planteamientos y experimentos, alimentados por la duda. Donde hay verdad no cabe la ciencia. ¿A qué se refiere la gente cuando habla de la verdad? ¿Hablan de verdad?
CIRANO

Me gustas Cirano cuando te pones trascendente, es donde mejor juegas tus bazas. Pero sublimar a los cientificos no es serio y menos inteligente, porque alguien podria pensar que la verdad esta en la ciencia, y no te equivoques la verdad está en el hombre. El problema está en saber donde y cuando encontrarlo, y que hacer para que aparezca.
ResponderEliminarTú también me gustas Arsenio y estoy de acuerdo contigo que el hombre es la medida de todas las cosas, pero i) yo no creo que exista la verdad y no defiendo tal supuesto y ii) el hombre tiene un cerebro con capacidad de pensar, imaginar, investigar, modificar el medio, fabricar anestésicos y antibióticos, poner satélites en órbita, engarzar internet, fabricar anticonceptivos y condones, obras todas que en su conjunto se pueden colocar dentro de lo que se conoce como ciencia. Porque me tengo que ir a comer a casa de mi cuñado, si no, seguía. Y de trascendente nada.
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